sobre las cosas del vivir



sábado, 28 de septiembre de 2013

volver...



"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida"


Amar la vida desde el despertar, entraba el sol en la habitación, las palmeras susurraban en voz baja. Amar la vida era desayunar en la terraza y soñar, bajar la cuesta entre luces y sombras, era saludar con una sonrisa al barrendero que se llamaba José, "hola José, buenos días, ¿estás bien?", eso era amar la vida, era llegar al paseo marítimo y soltar a la perra que corría feliz, los camareros regaban el suelo antes de abrir los bares y sacar las mesas, me mojaban los pies, la perra ladraba y yo reía. Amar la vida era llegar a esa playa en el centro de la ciudad. Era nadar y soñar, tumbarme al sol y creer. Confiar. Parecía entonces que todo era posible y que podría cambiar el rumbo de las cosas. Amar la vida era repetir el mismo camino sin ser consciente de la monotonía porque cada día era distinto.

"Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso... el amor es simple y las cosas simples las devora el tiempo."

Tarareando una canción, "las cosas simples" de Chavela Vargas.
Vuelvo a los baños del Carmen en Málaga.
 Donde amé la vida.


martes, 24 de septiembre de 2013

el bosque...





Durante mi ausencia han crecido tanto las plantas del patio rojo que parece un bosque. Un bosque pequeño y denso. Se han entrecruzado las ramas del ficus con las del prunus. La bisnonia ha llegado al cielo y el jazmín que brotó tímido llenándome de felicidad se ha vuelto loco, se derrama sin control y no para de llorar jazmines blancos que caen en la fuente, en los chinos, entran en la casa y me los encuentro por las esquinas.
A la luz de la mañana y al cielo azul les resulta imposible atravesar el bosque donde vivo, ahora entrar en la casa es como entrar en una capilla silenciosa y fresca, tardo algunos segundos en comprender esta penumbra y este aire místico.
En mi ausencia las plantas que tanto amo se han hecho mayores de repente, se han independizado de mi, se han vuelto rebeldes, como si no me necesitasen y ahora tengo que volver a domarlas, no son conscientes de que están cautivas y de que los muros que las separan del mundo las protegen también evitándoles el sufrimiento. He vuelto, les digo suavemente, ya estoy aquí, me tumbo sobre los chinos mirando el bosque salvaje que cuando se afiance el otoño comenzaré a podar.

Desde la ventana del dormitorio puedo ver mi bosque dede arriba, me inunda una alegría mágica, acaricio las hojas como si fuesen las yemas de otros dedos y siento una ternura infinita. Es mi pequeño bosque cautivo.






domingo, 22 de septiembre de 2013

sirena...




Aquel verano mi padre se había fabricado un arpón, talló la punta blanca de asta, afilada y suave de tanto haberla limado y acariciado con sus manos, la ató a una vara flexible de olivo con un hilo de seda que enceró hasta conseguir que aquel objeto fuese bellísimo y muy eficiente. Así son todas las cosas que ha hecho mi padre, bellísimas y precisas, no hace más que lo que a él le apetece hacer, nunca lo he visto trabajar por obligación, siempre por amor, un amor extraño a lo que está haciendo que, sin embargo, fácilmente puede truncarse en abandono y he visto muchos de esos objetos bellísimos que salían de sus manos y de su amor morir olvidados, no he comprendido nunca el motivo pero ahora, al pasar los años, reconozco en mi la misma capacidad de abandono y de olvido.
Aquel verano mi padre fabricó un arpón y se dedicó a pescar pulpos en las rocas, las gafas de bucear y el arpón, nada más, nadaba despacio para poder verlo todo. Tardé una semana en convencerlo para que me dejase ir con él, yo tendría 6 o 7 años pero nadaba muy bien, nunca me cansaba ni tenía frío, aguantaba la respiración y era capaz de nadar tan despacio o tan rápido como mi padre. Yo iba tras él, algunas veces agarraba su tobillo y él se giraba, nos mirábamos bajo el agua, no teníamos que hablar, aún hoy no tenemos que hablar para entendernos, conservamos el recuerdo de aquellas miradas líquidas. Si yo había visto el pulpo escondido entre las algas o las rocas él bajaba y con una destreza que aún hoy me sorprende, lo pescaba y me lo daba a mi, yo me lo pegaba en el brazo o en la pierna si era más grande y nadaba hasta la orilla, orgullosa de la pesca, como una niña salvaje salía del agua y lo dejaba allí, entonces volvía nadando hasta donde estaba él, algunos días pescábamos 5 o 6.
Me dijo mi padre una mañana de aquel verano que a mi me había pescado también, que yo era una sirena chiquita que vivía en unas rocas que hay más lejos, vio mis ojos azules del color del mar, y me siguió durante una mañana entera porque me escapaba como un pececito, pero no me resistí tanto como los pulpos, fui fácil de capturar.

Por eso amo tanto el mar, por eso cuando me alejo de la orilla me siento feliz, me siento feliz cuando nado con los ojos abiertos y cuando bajo al fondo, me siento feliz en el silencio del mar, en el sabor a sal, en el olor de las algas.
Si mi padre no me hubiese pescado aquel día quizás yo habría sido siempre feliz.



jueves, 19 de septiembre de 2013

el fin del mundo...



En el fin del mundo me sorprendía el silencio. El frío y la soledad también. La tierra roja, el camino largo, las paredes de piedra, el vacío y el cielo azul.
Había alquilado una habitación en un hotel rural, no había sido capaz de vivir en aquel pueblo que se cree ciudad. No pude soportar las miradas ni las preguntas y me fui. Era un caserón viejo que daba miedo, durante la semana no había huéspedes y estaba sola, habitando en un planeta rojo de otro tiempo. Por las mañanas salía por el portón trasero y me iba con la perra al fin del mundo.
Para llegar allí había que atravesar el camino largo que cruzaba la llanura, en invierno estaba todo nevado, llevaba a la perra en brazos, la metía bajo mi chaqueta porque era muy pequña y temblaba de frío. Yo también temblaba pero seguía caminando hasta el abismo rojo, en algún momento de la historia la tierra se había desplomado en aquel punto. Me paraba en el precipicio y temblábamos las dos mirando el vacío, al borde del silencio y del frío, en el centro de la soledad.
Los de la aldea llamaban a ese lugar el fin del mundo.

Iba cada día al fin del mundo. Del fin del mundo, dejando allí parte de mi alma, fui capaz de regresar y aunque aquel sea uno de los lugares más bellos que conozco no podría, no querría volver.






domingo, 15 de septiembre de 2013

qué eres?...




Algunas veces, cuando voy navegando me lanzo al mar, agarrada a un cabo me dejo llevar por la 
fuerza del viento. Respirar no es importante, entonces no pienso, ni me preocupo, ni recuerdo, voy sintiendo sólo; las olas, la sal, la espuma blanca, el azul. ¿Soy mar o pez o sirena?
Si paseo por el monte con la perra soy ama, la llamo y viene, decido dónde ir y cuándo volver, o me convierto como ella en animal y subo por las rocas a cuatro patas, arañándome las manos, oliendo a tomillo y a romero, atenta a los pájaros y a los insectos, detrás de ella que sabe más. ¿Soy animal?
Enseño a dibujar en un aula antigua llena de esculturas de escayola que ya no se usan como modelos. Quiero creer que enseño también a mirar y a sentir, a expresar y un poco a ser. ¿Soy profesora?.
Paso horas en mi estudio, leyendo, escribiendo, dibujando, no me asusta el tiempo que pierdo, no siento remordimientos por disfrutar de ese dulce no hacer nada recreándome en los detalles o en las sombras, busco la belleza de las cosas. ¿Soy hedonista? ¿Soy inconsciente? ¿Soy vaga?.
Suelo reír, minimizar los problemas, ver el lado bueno. ¿Soy alegre? 
Lloro, sufro, dudo, me rindo. ¿Soy triste?.
Viajo sola, me enfrento sin temor a situaciones nuevas, a gente nueva, voy de noche por la carretera de los pinos por donde no va nadie. ¿Soy valiente?
Me escapo, huyo, me escondo. ¿Soy cobarde?
Juego, tengo curiosidad y ganas de aprender. ¿Soy joven?
Me canso, no me muevo, tengo muchos recuerdos. ¿Soy vieja?

¿Qué soy?






jueves, 12 de septiembre de 2013

la libertad...




Hace Montaigne una lista que lo ayude a liberarse de todo lo que lo molesta, lo refrena, lo limita:

Liberarse de la vanidad y del orgullo, que es tal vez lo más difícil.
Evitar la presunción.
Liberarse del miedo y de la esperanza, de la fe y de la superstición, de las convicciones y de los partidos.
Liberarse de las costumbres: "El uso nos hurta el verdadero rostro de las cosas".
Liberarse de las ambiciones y de toda forma de codicia: "La reputación es la más inútil, vana y falsa moneda de la que nos servimos".
Vivir libre de la familia y del entorno, libre del fanatismo: "Cada país cree poseer la religión más perfecta".
Libre frente al destino: somos sus amos, nosotros otorgamos color y aspecto a las cosas.
Y la última libertad:
Frente a la muerte. "La vida depende de la voluntad ajena; la muerte de la nuestra. La muerte más voluntaria es la más hermosa".

Ahí está.
La libertad...



lunes, 9 de septiembre de 2013

nubes de otoño...



Quiero atravesar las nubes de otoño con los pies desnudos.
El alma, sin reproches, desnuda también.
Y que no sea real, o que sí lo sea, morder las nubes de otoño, deshilacharlas, tejerlas con mis dedos, con mi pelo, con las gotas de mar que me salen de los ojos.

Con las que me entran en la boca al respirar.






sábado, 7 de septiembre de 2013

luz de otoño...



-Tengo que decirte algo.
-Dime.
-Siempre tengo que decirte algo que después nunca te digo. Hablo contigo más en mi cabeza que en realidad.
-Por qué no me lo dices?
-Porque me da pereza, porque nos hemos hecho viejos, o porque me olvido, algunas veces porque no tengo ganas y no quiero mover las cosas.
-Yo querría que las cosas se moviesen. Pero tampoco hago nada para moverlas.
-Recuerdas cuando te hice una lista con todo lo que amaba de ti?
-No.
-Tengo que decirte algo.
-Yo también. Quise irme una vez, pero no lo hice y ahora me alegro mucho de no haberlo hecho, aunque haya perdido la posibilidad de haber vivido otra vida. Me alegro de seguir junto a ti.
-Lo supe entonces y lo sé ahora. Yo también me alegro.
-En el sofá nunca hubiésemos dicho estas cosas, frente a la tele no hablamos. Qué quieres decirme tú?
-Yo no te digo siempre la verdad.
-Yo tampoco.
-Mira cómo saltan los peces, hay muchos!
-Has visto el reflejo de los barcos? parece que el agua sea un espejo.

Hace luz de otoño hoy.

(desde lejos, aunque no se oigan con nitidez las palabras, todas las historias son posibles. Se les puede incluso hacer una foto)



miércoles, 4 de septiembre de 2013

por qué escribir?...



Rebeca me ha regalado un libro: "I RACCONTI" de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Hace tiempo que lo buscaba para mi, lo ha encontrado en Madrid, en italiano. Quería dármelo la próxima vez que le cortase el pelo, como agradecimiento a esas furtivas sesiones de peluquería que hacemos de tarde en tarde, cuando me lo pide, a la hora del recreo o en algún momento libre entre clase y clase. Soy yo la que le agradece a ella que me deje cortar (como si estuviese pintando un cuadro) su precioso pelo. Pero nos hemos visto por casualidad en los últimos días de este verano difícil y me ha dado su regalo con antelación, se lo he agradecido mucho porque así puedo comenzar el curso con la ilusión de otro libro nuevo. Rebeca sabe que me gustará y yo sé que ella sabe lo que me gusta, por eso he abierto el libro como si abriese el cofrecito de un tesoro.
No he pasado de la primera página, la introducción a "Recuerdos de la infancia". Dice Lampedusa que acaba de releer "Henry Brulard". La primera vez que lo leyó no le gustó porque estaba aún bajo la obsesión del "bello explícito" pero ahora no puede contradecir a quién lo califica de obra maestra de Stendhal. (Yo no he leído "Henry brulard", siento de golpe la necesidad de buscarlo y leerlo).
Dice sin temor Giuseppe Tomasi que quiere intentar hacer lo que hace Stendhal, la inmediatez de las sensaciones, la sinceridad, el esfuerzo por desenterrar los estratos de los recuerdos, las impresones tanto más preciosas cuanto más comunes. Dice que para quien se encuentra en el declinar de la vida es casi una obligación intentar recopilar la mayor cantidad posible de las sensaciones que han atravesado nuestro organismo. Pocos conseguirán hacer una obra maestra (Rousseau, Stendhal, Proust) pero a todos nos debería ser posible preservar algo de lo que sin este esfuerzo se perdería para siempre. Tener un diario o escribir a una cierta edad los recuerdos tendría que ser un deber.
Todo eso dice Tomasi y yo, al abrir el libro, en la primera página, encuentro la respuesta a las ganas de buscar en la memoria, la justificación a éste ir escribiendo sin pretensiones, sin motivo, sin valor, sin trascendencia. También yo a una cierta edad he comenzado a desenterrar los recuerdos y las sensaciones, que de todos modos, se perderán para siempre.

¿Por qué escribir?
Gracias, Rebeca, por regalarme una respuesta.


domingo, 1 de septiembre de 2013

septiembre...



Septiembre ya está aquí. Ha tenido que atravesar las inesperadas nubes densas que puso agosto entre el sol y el deseo de brillar (qué triste es la decepción).
Todo acaba y el verano se hace viejo, no sirve de nada agarrarse a él, ni a los recuerdos que seguramente se confunden con los de otros veranos que brillaron y se hicieron viejos (qué bueno es hacerse viejo y saber atravesar las nubes).

Comienza el año con el deseo de seguir aprendiendo, los zapatos limpios y los libros nuevos.





viernes, 30 de agosto de 2013

la cicatriz...



En mi mejilla izquierda tengo una cicatriz. Es una línea sutil, de dos centímetros, no se ve fácilmente, yo sí porque sé que está ahí, antes se notaba más, pero el paso del tiempo difumina las cicatrices, las del alma también.
En el margen izquierdo del río (en mi mejilla izquierda llevo el recuerdo) yo construía una casita con cantos rodados, siempre jugaba sola (ahora también juego sola casi siempre), mis hermanos y mis padres estaban más abajo, junto a la tienda de campaña, recogían maderas para hacer una hoguera por la noche. Oí que mi madre me llamaba, seguramente llevaría mucho tiempo alejada de ellos y aunque no solía preocuparse noté miedo en su voz, gritaba mi nombre y el eco se lo lanzaba al cielo. Yo estaba entre las cañas, escondida en mi castillo de piedras mirando el río que se llevaba los pensamientos pequeños que tenía (todavía son pequeños mis pensamientos y ahora se los lleva el mar). No respondí, no sé por qué, yo era una niña buena y tranquila, era obediente, pero no respondí. Mi madre corría por la orilla del río buscándome. La veía y no la llamé, quizás era mi modo de jugar con ella o de oír al eco decir mi nombre. Cuando se acercó a mi escondite salí para darle un susto de esos chiquitos que dan los niños. Ella se giró y sin querer me arañó la mejilla izquierda.

La sangre manchó su camisa de rayas azules y blancas, mi pantaloncito celeste, sus manos que intentaban limpiarme para ver la gravedad del corte, mis lágrimas y el río.


miércoles, 28 de agosto de 2013

el cielo azul...




Ya han pasado las nubes como van pasando los pensamientos y sería mejor hablar con alguien, porque los pensamientos se hacen densos cuando se dicen y una respuesta, o un silencio, les dan consistencia y sentido.
En esta mañana, rota sólo por las campanas de la iglesia, desearía escribir una carta a un desconocido. En una carta así uno puede decir las cosas que no sabe contar a nadie más.
Sin rumbo, esos pensamientos que pasan, como las nubes serían libres.

Cuando termine esa carta me dormiré dulcemente soñando una respuesta, o un silencio, como el cielo azul.




lunes, 26 de agosto de 2013

una ventana en ruinas...



Algunas cosas no se eligen. Otras sí. Los objetos que nos van rodeando, las personas que amamos, aunque luego las olvidemos, algunos olvidos también se eligen, el trabajo que iremos haciendo a lo largo de la vida, los sitios donde vivimos.
Pero otras cosas no las elegimos, nuestros padres, nuestros hermanos, hemos elegido nuestros amigos, nuestros maridos o mujeres, nuestros amantes, pero no hemos elegido a nuestros hijos, si los hemos tenido, ni a nuestros abuelos que nos hicieron ser quienes somos.
Yo quería vivir lejos, esconderme y olvidar el daño y el dolor que puede llegar a hacer alguien a quién no has elegido, que está ahí a pesar de ti. Llevo toda la vida intentándolo.

Pero no sé si es posible mirar un paisaje hermoso a través de una ventana en ruinas.
No lo sé.





jueves, 22 de agosto de 2013

abandono...




Apenas te he dejado y ya me faltas. Hoy no te has portado bien, demasiada sal, demasiado sol, te movías  cansado, no me mirabas ni me buscabas, no me acariciabas, yo a ti tampoco, es cierto. En todas las historias de amor hay días así. He intentado lanzarme a ti pero estabas demasiado caliente, demasiado denso. De todas las historias de amor huyo, también de ti, he dejado en el camarote de proa mi ropa, mi libro, mi cuaderno de dibujo. He cerrado el barco y he venido, huyendo de ti, a la casa grande. Me he duchado en la terraza, bajo la luna, para lavarme la sal y el sol, para borrarte de mi piel. En todas las historias de amor hay alguna ducha que quiere borrar huellas. Y ahora me miro al espejo grande, en la ciudad. Buscándote. Me siento culpable. Me he ido, hasta del paraíso se huye.

Sabes que volveré, mi mar, yo a ti no sé abandonarte.



lunes, 19 de agosto de 2013

el desayuno...



En la mesa del desayuno hay unas jarras de leche y zumos, el sol que entra por el balcón hace brillar el cristal y proyecta en la pared tintineos de luz naranja y blanca, también hay unos tarros de cereales que parecen pepitas de oro. Unas cestas con el pan. Pan blanco en bollitos redondos y blandos, pan de centeno y semillas cortado en rebanadas que se inclinan a la izquierda. En otra cesta hay hojaldres y dulces. Una bandeja con uvas y trozos de melón. Platitos de porcelana con mantequilla y mermeladas de varios colores, parece que estuviesen barnizadas de cómo brillan. Hay bandejas con quesos y jamón dulce. Es todo tan bonito bajo esta luz limpia de este día claro. Me quedo mirando despacio cada sombra, cada reflejo, cada color. Junto a mi taza de café el cuaderno de dibujo y el lápiz, miro también la hoja en blanco.
Quería dibujarlo todo pero ya he aprendido que todo nunca es posible. Tampoco es posible contarlo todo. ¿Por dónde empieza una historia y dónde acaba?
Comienzo a dibujar la bandeja que está en el rincón, unas frutas y un cuenco vacío. No es ni lo más llamativo ni lo más hermoso, pero es lo que dibujo mientras desayuno pensando qué fragmento de aquella historia querría contar.

Por dónde voy a empezar y cómo acabaré antes de olvidarlo todo.


viernes, 16 de agosto de 2013

la monja...




Al entrar por esta puerta una monja ha tropezado y se ha caído. Se le ha levantado el hábito negro y se le han visto las piernas. Hacía mucho tiempo que no pensaba en esa palabra: hábito.
Las monjas de mi colegio de monjas llevaban el hábito morado y el velo malva, no era largo, sólo la madre Mercedes que era muy vieja llevaba el hábito hasta los pies. Las otras monjas lo usaban corto, bajo la rodilla, como nuestros uniformes azules, aunque las niñas mayores, las de las melenas largas y lacias se doblaban la cinturilla varias veces  cuando salían del patio para que la falda les llegase a la mitad del muslo. Los niños mayores del colegio de curas esperaban junto al portón y todos fumaban y reían. La madre Mercedes les regañaba al día siguiente pero lo hacía con tanta dulzura que no le hacían ningún caso, como si oyesen llover.
También fumaban en los servicios, las niñas mayores, pero si las pillaban entonces iban a la madre superiora, esa sí daba miedo.
La monja que se ha caído al cruzar la puerta que da al convento es de mucho antes que las monjas de mi colegio, esas eran más modernas, ésta es de hace un siglo o dos, por lo menos. LLeva un velo blanco y un rosario largo atado a la cintura. El crucifijo de madera se ha quedado en el suelo, tumbado junto a ella hasta que la han ayudado a levantarse. Yo no, no me he movido, estoy dibujando y lo veo todo desde fuera. La monja que se ha caído, el crucifijo en el suelo, la puerta de piedra, el violín del hombre toca a Chopin, todo es una escena que miro suavemente, como se ojea un libro de arte, pasando el dedo sobre las fotos de los cuadros, porque no son cuadros. Se puede ver el tema, las formas y los colores pero no se percibe la dimensión ni la textura. Eso sí, también emocionan.

Me emociona el recuerdo de aquella envidia lejana por querer ser más mayor y más alta, con el pelo largo y lacio, tener el valor de subirme la falda hasta el muslo y fumar. Querer con todas mis fuerzas que haya un niño mayor, el que me gusta en secreto, esperándome a mi en la puerta del colegio.




martes, 13 de agosto de 2013

la plaza grande...




Las cosas grandes parecen más grandes aún cuando se está solo. Las cosas que se desconocen parecen también más extrañas y algo más difíciles. Pero no importa porque cuando uno está solo delante de cosas grandes y desconocidas es como si se cambiase de dimensión. Los pasos al caminar, los ojos al mirar, los oídos al oír, incluso el tacto al tocar o la nariz al oler se hacen más hábiles y más efectivos, pero distintos, es como si entre la gente dejases de ser gente.
Aquella plaza es enorme. Aquella luz se alarga y los días duran demasiado. Allí a las cinco de la mañana ya brillaba la torre verde y el verde de las copas de los árboles. Qué grandes eran los días y qué grandes los árboles allí. Qué nobles, qué serenos. Hay árboles que hablan en aquella ciudad. No importa si no entiendes el idioma, de todos modos tú ya no eres gente y te mueves silenciosa como un pez. Eres un pez debajo de un nogal viejo. Te has sentado a la sombra, los peces también se paran a descansar en medio del océano.
Dibujas en tu libreta, no eres gente, no tienes que hablar ni decir que sí o que no. Tampoco tienes que recordar. No importa que no entiendas a quien se para a mirar tu dibujo. ¿Sonríen los peces? Tú sí, cuando no se sabe un idioma la sonrisa es siempre una buena respuesta. El nogal te sonríe a ti que eres pez y no habláis el mismo idioma.
Las hojas de los árboles allí son más verdes y quizás más densas, más carnosas que las hojas de los árboles del sur, donde los días no son tan largos.
Hay un río que bordea la ciudad. Los peces siempre van al agua y fui, pero no soy un pez de río, no sabría respirar en ese agua opaca, no podría ni meter un dedo.
Cuando se está solo en una ciudad extraña algunas veces se tiene miedo, por algunas calles solitarias, en algunas escaleras oscuras que huelen a humedad. Como no eres gente no tienes a quien coger de la mano para que el miedo pase y entonces caminas más rápido buscando la luz.
Cuando se está solo en una plaza tan grande llena de tantas nubes grises y tanto frío se respira hacia dentro, se habla hacia dentro y pasa algo muy raro que no suele pasar y es que te ves por dentro y te sorprendes. Te conviertes un poco en plaza, un poco en nube, un poco en nogal.

Cuando cierras el cuaderno de dibujo y te levantas ya no eres pez. Conoces la calle de vuelta, no vas a perderte. Las escaleras oscuras que huelen a humedad no van a darte miedo.




viernes, 9 de agosto de 2013

el equipaje...



La bolsa de viaje es de piel negra, tan pequeña que si se la colgase al hombro alguien más grande parecería una cartera de trabajo o el maletín de un ordenador.
Sobre la cama el chal de seda rosa servirá para envolver en un rulito la ropa; el pantalón de raso negro, el de algodón beige, la camisa de flores, la de gasa, una camiseta blanca, la cazadora vaquera porque hará frío, las sandalias de cristal. En el neceser las cremas y el gel van en tarritos tan pequeños que parecen de juguete, el cepillo de dientes y un collar. El cuaderno de dibujo, un pincel, las acuarelas, el lápiz 2b, un libro seleccionado para que sea pequeño y pese poco, una libretita para escribir, la tarjeta de embarque, el cargador del móvil y el plano de la ciudad.

Parece el equipaje de una muñeca.


martes, 6 de agosto de 2013

tormenta...



Allí amanecerá más tarde. O bien, en ese otro tiempo amanecerá más tarde, el cielo será de otro azul y lo cruzarán otras nubes. ¿Tendría que decirlo en pasado? Allí amaneció más tarde y yo todavía no tenía la ventana abierta durante toda la noche para que me cayesen encima las estrellas o las gotas de lluvia. Allí la vida fue ordenada y los espacios eran amplios. O bien, cuando amanezca un poco después y las colinas se despierten verdes y húmedas aquí el sol habrá llegado al mástil.
Esta noche hubo tormenta, tuve que levantarme para afianzar las amarras y cazar la driza de la mayor que golpeaba el palo. Me movía por la cubierta como un niño inseguro para no caer. El cielo era amarillo, hacía frío. Ahora el día parece calmo, quiero cerrar los ojos, dejar que mis pensamientos sin sentido se escapen por el portillo y dormir un poco más.

No tengo prisa, de todos modos allí aún no habrá amanecido.




domingo, 4 de agosto de 2013

novedad...



Novedad, escrito en vertical en la esquina de un edificio recubierto de azulejos tornasolados que al atardecer brillan como el oro en una calle de un pueblo de Cádiz. En la acera de enfrente, en la terraza de un bar, estoy tomando un agua con gas, el vaso ha sudado sobre la mesa, con el dedo escribo "novedad" y esa palabra, de repente, llena de melancolía la tarde de verano, ha nublado el cielo, ha caído todo el peso del tiempo que pasa sobre la acera, sobre las copas de los árboles, se refleja en la luz dorada que ahora parece mediocre y rota. ¿Cómo sería esta calle hace un siglo? la casa de las novedades brillando al caer el sol, alguien entró en lo que entonces era una tienda de tejidos y compró unos metros de tela floreada con la ilusión de hacerse un vestido nuevo, para estrenarlo en un baile, para enamorar o enamorarse. Me han venido a la piel todas las novedades que a impulsos dan felicidad antes de pasar y volverse viejas, las cosas nuevas, las ilusiones nuevas, las personas nuevas. Pero nunca lo había visto escrito así, tan claro, en la esquina del edificio de enfrente.

Lo curioso es que nadie más parece verlo ni sentir esta pena infinita que yo siento.